domingo, 28 de julio de 2013

Periodistas y gladiadores

Periodistas y gladiadores
Ocurre con frecuencia que los periodistas quieren ocupar el lugar de los políticos, mientras estos sienten la irrefrenable tentación de dirigir los medios. Es el mundo al revés. O, para ser más precisos, la democracia al revés. Las empresas de comunicación abandonan su original misión hasta pervertirla. Pasamos de intentar ser la conciencia crítica del poder a pretender erigirnos en sus antagonistas. O en el propio Poder. Renunciamos a la labor de información y reflexión reposada e independiente para enzarzarnos en un debate descarnado, donde los partidos quedan en un cómodo segundo plano, a la espera de los posibles réditos del enfrentamiento a muerte entre los periodistas. Puede que nos parezca normal porque es lo que estamos acostumbrados a leer, ver y oír, pero no tiene ningún sentido. Ni mucho menos constituye un buen servicio al deber de contribuir a reforzar una sociedad sana, libre y avanzada. Al contrario, estamos ante una clarísima involución, en donde todos, aunque unos más que otros, arrastramos una cuota de responsabilidad.
Hace apenas unas semanas, el presidente de Coca-Cola Iberia, Marcos de Quinto, reflexionaba con un grupo de empresarios acerca del fenómeno del enfrentamiento entre periodistas de distintas sensibilidades ideológicas. Decía percibir mayor enconamiento entre los profesionales de la comunicación que entre los propios políticos y, desde luego, muy superior que entre los ciudadanos de a pie. Cuando el contraste de opiniones tiene lugar en un plató de televisión, se traduce desde la primera intervención en un bombardeo de descalificaciones al contrario. Casi un linchamiento, muy efectista, pero, por lo demás, del todo previsible. La pauta del programa incluye prácticamente siempre los mismos temas y personajes: cada frente se atrinchera en sus posiciones y ataca sin piedad hasta descender a lo zafio y personal. Se agranda el problema, que acaba por parecer casi un asunto de Estado. Mientras, se hurtan a la opinión pública otras muchas informaciones de su interés. El debate mediático condiciona los puntos de vista y determina lo que es importante y lo que no. Y lo que resulta más grave: provoca un desequilibrio de percepciones que nada bueno puede reportar a una sociedad urgida de madurar.
La centralidad del debate social sigue estando ocupada, en gran medida, por la agenda que marcan los diarios de información general. Pero no cabe duda de que televisiones y radios amplifican ese debate y ejercen mayor influencia sobre la opinión pública. En España, el dial radiofónico se encuentra más o menos equilibrado, mientras que la televisión se ha escorado hacia la izquierda. Se aleja así de una parte notable de su audiencia, que se siente huérfana de contenidos audiovisuales más cercanos a su sensibilidad política. Ni siquiera se satisface el derecho de los ciudadanos de acceder a una reflexión crítica e independiente. Salvo honrosas excepciones, la controversia que se manifiesta en los platós tiene más que ver con el espectáculo que con una contraposición de pareceres y análisis. Si un español se limita a juzgar el momento político por los fragmentos de realidad que determinados medios le aportan, concluirá que estamos a las puertas del Apocalipsis.
Tengo para mí que los comunicadores hemos sobreactuado en los últimos tiempos. Hemos sobrepasado los límites que le son marcados a nuestra propia actividad. Los periodistas no somos policías ni fiscales. Aún menos jueces. Incluso en nuestro aparente papel de informadores hemos desanimado a nuestras audiencias en exceso. Nos hemos regodeado en el pesimismo y el derrotismo; hemos optado por ahondar en las miserias. Trasladamos al ciudadano nuestras angustias económicas.
En España se está produciendo un desplazamiento de funciones e identidades entre poderes y otros protagonistas del juego democrático. La sociedad civil, a pesar de la irrupción de todo tipo de iniciativas, se ha debilitado en los últimos treinta años. Los poderes públicos se han vuelto hegemónicos y más constrictivos cuanto más pequeño es el territorio. Han ofrecido comodidad y bienestar a los ciudadanos a cambio de que estos renunciaran a sus derechos e ideas y, lo que es peor, a creer en ellos mismos.
Al tiempo, los partidos se han afanado en transformar su tradicional laboratorio de ideas en mecanismos de perpetuación. Los militantes han pasado a ser funcionarios. Las figuras, becarios. El debate se suplanta por el aplauso; la brillantez, por las adhesiones. La consecuencia es un empobrecimiento de la vida política. Un abandono del debate democrático, de la lucha parlamentaria y de la libertad de pensamiento. Justo de aquello que hace progresar a los pueblos. Una dejadez y una mediocridad que han llevado a que la dialéctica política se traslade a los medios de comunicación. Y así, en la democracia española, hemos pasado del debate político al debate mediático.
Los medios hemos usurpado la dialéctica parlamentaria, pero sin los límites ni la cortesía que le son propios. Estamos más enfrentados los periodistas que los políticos. Y lo preocupante es que de este modo se desdibuja la actualidad. Se modifica al gusto de tal cadena, cual periódico o aquel grupo de comunicación. La lupa de unos u otros amplifica determinados asuntos, mientras en España sigue siendo fundamental mirar hacia el drama del paro, la ilusionante recuperación económica, la reforma administrativa o educativa, la modernización del país, los intentos sediciosos de determinados nacionalismos… En definitiva, apremia la puesta al día de España y de los españoles, después de la fiesta y la siesta que en la bonanza pasada nos dimos todos, sin que nadie nos alertase del abismo hacia el que nos abocábamos tan felices. Falta reflexión de fondo. Mensajes fundados en pensamientos. Visión de futuro. Compromiso con el bien común. Estamos todos instalados en el corto plazo. Y así nos va.
Con esta dinámica no vamos a ningún sitio. Anima poco y resulta nada constructivo ver cómo «plebe y Senado» acuden al circo mediático a contemplar la lucha de unos gladiadores periodísticos que saltan a la arena y allí se convierten en jueces y césares de la sociedad. En esa arena escenifican luchas que no les corresponden. Los medios y quienes trabajamos en ellos podemos ser guardianes de la democracia. En ocasiones, alertando; en otras, dando esperanza, siempre contando la verdad, pero nunca suplantando el papel que la sociedad democrática tiene otorgado a otros. En ese equilibrio inestable que es el juego democrático, cuando los jugadores cambian sus posiciones corren el riesgo de convulsionar a la sociedad.
Bieto Rubido
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Félix Velasco

miércoles, 24 de julio de 2013

Piensa en grande

Haz oídos sordos a los cansinos prejuicios pesimistas. Piensa en grande, líbrate de las pequeñas ataduras que te sujetan y proyecta hacia el porvenir tus ilusiones y esperanzas.
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martes, 23 de julio de 2013

Escuchar y que te escuchen

Del Curso COMUNICAR EFICAZMENTE: ¿Problema o solución?:
- A medida que avanza una discusión, retrocede la verdad.
- Ciertos discursos valen plata, ciertos silencios valen oro.
- Que las palabras no sean mejores que las acciones que de ellas se desprenden.
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Félix Velasco

viernes, 19 de julio de 2013

Origen de la división de lo carriles

La Dra. June A. Carroll de Indio, California, en Estados Unidos vivía en un estrecho de carretera particularmente peligroso, y en 1912, pintó una línea de aproximadamente una milla en medio del camino para ayudar a los automovilistas a quedarse en su lado derecho del camino. A la Comision de Autopistas de California le gustó tanto la idea que pintó líneas en medio de cada camino pavimentado en el estado. Así nacieron las divisiones de las carreteras.
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Félix Velasco

Caña o potote

Poco después de que introdujo los hot dogs (perritos calientes) en los juegos de baseball de los Gigantes de Nueva York, el concesionario Harry Stevens notó que cuando los aficionados bebían de sus botellas de refresco, tenían que apartar su vista del juego por un momento. Stevens sabía que en la era de los egipcios antiguos la gente tomaba por unas cañas huecas, y pensó que algo así serviría durante un juego de baseball. Así que contrató a un fabricante de papel para que enrollara algunos popotes (pajillas o straws) con el papel y comenzó a incluirlos con cada refresco que vendió. Esto incrementó sus ventas, e hizo de los popotes o cañas una parte permanente de la cultura Norteamericana.
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Félix Velasco

viernes, 12 de julio de 2013

Los Beatles no tendrán éxito

Las predicciones más famosas y que nunca llegaron a cumplirse
La historia es conocida. Nadie apostaba por The Beatles allá por el año 1962. O por lo menos no lo hacían desde la compañía discográfica Decca Récords, donde Paul Mc Cartney, George Harrison, John Lennon y Ringo Starr acudieron con sus primeras canciones y todo lo que consiguieron fue una palmadita en al espalda».
El jefe de la empresa les negó un posible contrato y dijo al representante del grupo, Brian Epstein, que el grupo «no tenía futuro». Su argumento también es bastante interesante, ya que según su explicación «las bandas no están de moda, sobre todo los cuartetos».
El resto de la historia ya la conocemos.

jueves, 11 de julio de 2013

Postergar la gratificación

En la década del sesenta, Walter Mischel llevó a cabo desde la Universidad de Stanford una investigación con preescolares de cuatro años de edad, a los que planteaba un sencillo dilema:
 "Ahora debo marcharme y regresaré dentro de veinte minutos. Si quieres, puedes comerte esta golosina, pero si esperas a que yo vuelva, te daré dos."
Aquel dilema resultó ser un auténtico desafío para los niños de esa edad.
Se planteaba en ellos un fuerte debate interior: la lucha entre el impulso por comer la golosina y el deseo de contenerse para lograr más adelante un objetivo mejor.
Era una lucha entre el deseo primario y el autocontrol, entre la gratificación y su demora.
Una lucha de indudable trascendencia en la vida de cualquier persona, pues no puede olvidarse que tal vez no exista habilidad emocional más esencial que la capacidad de resistir el impulso.
Este es el fundamento de cualquier tipo de autocontrol emocional, puesto que toda emoción supone un deseo de actuar y es evidente que no siempre ese deseo será "oportuno".
El caso es que Mischel llevó a cabo su estudio y efectuó un seguimiento de esos mismos niños durante más de quince años...
En la primera prueba, comprobó que aproximadamente dos tercios de esos pequeños de cuatro años de edad fueron capaces de esperar los veinte minutos (que seguramente les pareció una eternidad).
Pero otros, más impulsivos, se abalanzaron sobre la golosina a los pocos segundos de quedarse solos en la habitación.
Además de comprobar lo diferente que era entre unos y otros la capacidad de demorar la gratificación y, por lo tanto, el autocontrol emocional, una de las cosas que más llamó la atención al equipo de experimentadores fue el modo en que aquellos niños soportaron la espera: volverse para no ver la golosina, cantar o jugar para entretenerse, o incluso intentar dormirse.
Pero lo más sorprendente vino unos cuantos años después, cuando pudieron comprobar que la mayor parte de quienes en su infancia habían logrado resistir aquella espera, luego en su adolescencia eran notablemente más emprendedores, equilibrados y sociables.
Aquel estudio comparativo revelaba que - en términos de conjunto - los niños que en su momento superaron la prueba de la golosina fueron luego (diez o doce años después) personas mucho menos proclives a desmoralizarse, más resistentes a la frustración y más decididos y constantes.
Como es natural, no es que el futuro esté ya predeterminado para cada persona desde su nacimiento, entre otras cosas porque no puede olvidarse que a los cuatro años se ha recibido ya mucha educación. Hay, sin duda, toda una herencia genética, un temperamento innato que influye bastante, pero no es ése el factor principal.
Un niño de cuatro años puede haber aprendido a ser obediente o desobediente, disciplinado o caprichoso, ordenado o desordenado, como bien puede atestiguar cualquier padre, o cualquier persona que trabaje con preescolares.
Es indudable que el tipo de educación que había recibido cada uno de esos niños influyó decisivamente en el resultado de aquella prueba con las golosinas.
Por eso, más que alentar oscuros determinismos ya cerrados desde la infancia, o viejas tesis conductistas, lo que aquella investigación vino a resaltar es cómo las aptitudes que despuntan tempranamente en la infancia suelen florecer más adelante, en la adolescencia, o en la vida adulta, dando lugar a un amplio abanico de capacidades emocionales. La capacidad de controlar los impulsos y demorar la gratificación, aprendida con naturalidad desde la primera infancia, constituye una facultad fundamental, tanto para cursar una carrera como para ser una persona honrada, o tener buenos amigos.
La capacidad de resistir los impulsos, demorando o eludiendo una gratificación para alcanzar otras metas - ya sea aprobar un examen, levantar una empresa, o mantener unos principios éticos - , constituye una parte esencial del gobierno de uno mismo.
Y todo lo que en tarea de educación, o auto-educación, pueda hacerse por estimular esa capacidad será de una gran trascendencia.
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Félix Velasco

sábado, 6 de julio de 2013

viernes, 5 de julio de 2013

Verdad vs. oponión

Del Curso "SI NO OYES TU PROPIA MÚSICA,... SUBE EL VOLUMEN" - Un "argumentum ad populum" (dirigido al pueblo) o sofisma populista, es una falacia que implica responder a un argumento o a una afirmación refiriéndose a la supuesta opinión que de ello tiene la gente en general, en lugar de al argumento por sí mismo. Tiene esta estructura:
- Para la mayoría, A
- Por lo tanto, A
Se utiliza en política y en los medios de comunicación. Suele adquirir mayor fuerza cuando va acompañada de un sondeo o encuesta que respalda la afirmación falaz. Es sutil y para personas poco acostumbrados al razonamiento puede pasar inadvertido.
Esta falacia es una variedad de la falacia "ad verecundiam", con la diferencia de que en vez de atribuir la autoridad a una persona o a un reducido grupo de eminencias, se le atribuye a un gran colectivo de gente, por ejemplo a la población de un país. Mediante un ardid argumental uno puede apoyar su afirmación basándose en que es la opinión de la mayoría.
Existen dos grados de falacia "ad populum":
a) Se puede afirmar sin pruebas que lo confirmen que la opinión mayoritaria de la gente es X. En ese caso la falacia es doble, se afirma una premisa que se desconoce y además se le da autoridad a esa dudosa opinión mayoritaria.
b) Pero puede ocurrir que se haya hecho algún tipo de consulta popular que permita conocer esa opinión. Aun suponiendo que la consulta se haya hecho correctamente y que la opinión esté bien reflejada en los resultados este argumento sigue siendo falaz. Nada justifica un razonamiento sólo porque la mayoría piense lo mismo. Este pensamiento se basa en la intuición de que la opinión general tiene autoridad porque tanta gente no puede estar equivocada.
Se suele oír en frases del tipo "todo el mundo sabe que..." o "...esto es lo que la sociedad desea"; así como en "la mayoría de los españoles sabe que...", "la gente quiere..."
"La gente quiere ver telebasura así que es lícito poner telebasura" ¿Se le ha preguntado a la gente qué es lo que quiere ver? ¿A la gente le ponen lo que quiere o ve lo que le ponen?
"Esta película tiene que ser buena porque la ha visto mucha gente" ¿Se sabe a cuántos de los que la vieron les gustó? Y aunque a todos les gustara eso expresa una preferencia pero no una verdad..
Si la mayoría dice que "la gripe es una estrategia del gobierno para distraernos" y sólo unos pocos afirman lo contrario, entonces la mayoría tiene razón.
Existen dos tipos de "argumentum ad populum" muy utilizados:
a) La apelación a la tradición, "esto siempre se ha hecho así, por lo tanto es así".
b) La apelación a la práctica común, "todo el mundo lo hace así, por lo tanto es así".
Félix Velasco - Blog